martes, 12 de mayo de 2026

 las power ballads.

«Nunca logré recordar cuál fue el momento exacto en el que decidí que JakeSnake sería mi alter ego y que Power Ballads sería mi primer blog. Aunque, ahora que lo pienso y siendo sincero, en realidad nunca fue tal, me explico: No lo fue, ni de hecho lo es, porque nunca fue un espacio ideado para ser actualizado regularmente, su creación respondió más a una suerte de impulso reivindicativo en defensa de este tipo de canciones que yo tanto estimo y que tan desprestigiadas y denostadas en general advierto, con especial ensañamiento (esto es una percepción muy personal) de muchos de aquellos que parecen jactarse de albergar en sí mismos una cultura musical considerablemente codiciada e inalcanzable por el resto de los mortales. Todo ello unido a que, por aquel entonces, no hacía otra cosa sino investigar en multitud de blogs en busca de ignotas e infravaloradas bandas de AOR, dio como resultado mi conato de testimonio perenne en forma de particular legado a la humanidad y por ende, mi primera incursión en el universo bloguero.

Algunos años después, una llamada telefónica ejecutada por un compañero de trabajo y sin embargo gran amigo, bloguero musical también, alteró mi rutina vespertina para citarme urgentemente en un garito rockero de nuestra ciudad -Cartagena- para comentar «el email» «¿A qué email se refiere este chalado?», me preguntaba yo de camino al lugar en cuestión. Pues a uno enviado a una dirección errónea en el que me proponía unirme de inmediato a un nuevo proyecto junto con un maestro bloggero amigo suyo. ¿Qué cuál fue mi respuesta ante aquella atropellada proposición? Musicae Memorandum.

Centrándome ya en la primera de las cinco canciones de mi vida, he de reconocer que voy a aprovechar la impagable oportunidad que me brinda Raúl para rendir homenaje a aquellos temas que, por pertenecer a bandas ya reseñadas en nuestra propia bitácora con otras canciones, no he podido personalmente honrar como entiendo se merecen. ¿Significa eso que son peores que las titulares? En absoluto, incluso en algunos casos lo contrario.

Y como no hay nada mejor que comenzar por el principio, esta primera contribución empieza en el mercadillo semanal de mi pueblo una lejana y fresca mañana de invierno en la que, hastiada por la inquebrantable insistencia de un criajo de 8 años, mi madre accedió finalmente a comprarme «The Final Countdown», la cassette con la que se inició mi caótica y obsesiva pasión por la música. Y por las Power Ballads.

Tal fue el impacto de aquella cinta en mi inocente existencia que, si tuviera que escoger la canción más importante de mi vida, aquella que elegiría como última voluntad para escuchar justo antes de morir, esa sería «Carrie«. Y no sólo porque fue la primera que me erizó la piel, si no porque, pasados unos años, «Carrie» pasó de ser mi canción a ser nuestra canción.

El nuevo estatus de custodia compartida con María ocurrió años después, en tiempos de instituto, esos que tan rápidos transcurren y que tan lentos abandonan tu memoria. Tiempos esos, en los que las canciones de «Prisoners en Paradise«, entre otras, ambientaban aquellas tardes en las que me era demencialmente imposible evitar rememorar una y otra vez la conversación de 10 segundos que había mantenido con Ella esa misma mañana, jornadas aquellas en las que un súbito y casi imperceptible cruce de miradas entre ambos desde nuestros respectivos pupitres podía durar horas y horas en mi cabeza…

Podían haber sido otras como «I´ll cry for you«, «Dreamer«, «Open your heart» o «Tomorrow», muy presentes todas ellas en aquella dichosa, radiante e inolvidable etapa en las que las mariposas revoloteaban tan fuerte que en ocasiones temiera sufrir una úlcera estomacal. Pero finalmente me decidí por «Homeland», a pesar de que sus líricas tratan sobre un amor veraniego, pasajero, un amor diametralmente opuesto a aquel que comenzó un invernal día de febrero y que aún perdura tras justo ahora 20 años

¿Por qué «Homeland» y no las otras? Pues porque acaso sea la que mejor y de manera más enérgica simboliza eso que en nuestro blog hemos tenido a bien en denominar como «el milagro de la música», o sea, la capacidad que posee una canción en transportarte a otro lugar en el tiempo y hacerte revivir sensaciones que creíste ya olvidadas; aquel beso, aquella mirada, aquella sonrisa, aquel olor… incluso aquel trago tan duro.

Y es que todavía me estremezco cuando la guitarra inicial de Kee Marcello sacude mi cordura y el litúrgico órgano de Mic Michaelli acaricia mi alma justo antes de que Joey Tempest entone esa primera estrofa (que asombrosamente supe entender en inglés casi a la primera) añorando lejanos e interminables días de verano en los que se podían escuchar olvidadas canciones, se hacían promesas eternas y se sentía una libertad tan absoluta, que únicamente podía ser turbada por la tristeza tan intrínsecamente ligada a las despedidas. Yo también creí equivocadamente que el mañana era un tiempo muy lejano, igualmente me perdí en el tiempo y sentí que los días pasaban muy rápidos, casi tanto como el escalofrío que recorre mi columna vertebral al escuchar ese sonido que acompaña a la búsqueda de la «peace of mind» del estribillo.

Sin embargo y paradójicamente, hoy y siempre, se me sigue deteniendo el tiempo al compás de la emocionante ralentización del final de la canción de igual manera que se detuvo hace justo ahora 20 años en el anfiteatro del instituto durante nuestro primer beso».

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